A veces me pregunto si valió la pena haber existido, o si valió la pena no haberlo hecho. Y es que ya no se qué vale más, si tu vida o la vida de uno mismo, pues la vida propia simboliza absolutamente todo lo que hemos hecho durante este largo y a la misma vez corto camino. Que me corten la lengua para no decir más, podrían cortarla, y aun así fuese un hecho, mis palabras saldrán de ese hueco llamado boca y se expresaran por si solas, dejando saber todo lo que habita dentro de mí. Fluye tan bien la sangre en el cuerpo, que ni la siento, como corre, como suele dar su trayectoria, sin importar nada más. Pero aun así, con el pensamiento de cuando dejaremos de ser lo que somos. Porque es que el cuerpo sabe más que la mente. Suelo nutrir la mente con la misma porción que intento nutrir al cuerpo, pero el cuerpo me pide más, desea más, y sobre todo espera más. ¿Y es que acaso no es pecado esperar más de lo que puedes obtener?, pecado seria, no poder dar lo que exige. Mi mente y mi cuerpo no dan para más, tanto lucho y lucho y siento que estoy dejando el ser, lo que soy se va transformando, y lo que fui y seré ya no existe. Mi mente se llena de preguntas transformadas en hechos reales, los cuales suelo confundir para no verme obligada a debatir conmigo misma. Siento que el cuerpo sigue ganando, y mi razón de existir hace que mi mente deje de funcionar a su conveniencia, tan pobre que es la mente cuando dejas de usarla, mas te usa ella a ti, haciendo que pienses lo que no quieres, haciendo que tus sentidos se incorporen a tu cuerpo, te expriman todo el jugo de tu ser, te envuelvan en ese manto llamado piel y te despojen de todo aquello vivido, simplemente por ser como eres. Simplemente por querer ser. Simplemente porque ser o no ser, es parte de la incógnita.
A veces me pregunto si valió la pena haber existido, o si valió la pena no haberlo hecho. Y es que ya no se qué vale más, si tu vida o la vida de uno mismo, pues la vida propia simboliza absolutamente todo lo que hemos hecho durante este largo y a la misma vez corto camino. Que me corten la lengua para no decir más, podrían cortarla, y aun así fuese un hecho, mis palabras saldrán de ese hueco llamado boca y se expresaran por si solas, dejando saber todo lo que habita dentro de mí. Fluye tan bien la sangre en el cuerpo, que ni la siento, como corre, como suele dar su trayectoria, sin importar nada más. Pero aun así, con el pensamiento de cuando dejaremos de ser lo que somos. Porque es que el cuerpo sabe más que la mente. Suelo nutrir la mente con la misma porción que intento nutrir al cuerpo, pero el cuerpo me pide más, desea más, y sobre todo espera más. ¿Y es que acaso no es pecado esperar más de lo que puedes obtener?, pecado seria, no poder dar lo que exige. Mi mente y mi cuerpo no dan para más, tanto lucho y lucho y siento que estoy dejando el ser, lo que soy se va transformando, y lo que fui y seré ya no existe. Mi mente se llena de preguntas transformadas en hechos reales, los cuales suelo confundir para no verme obligada a debatir conmigo misma. Siento que el cuerpo sigue ganando, y mi razón de existir hace que mi mente deje de funcionar a su conveniencia, tan pobre que es la mente cuando dejas de usarla, mas te usa ella a ti, haciendo que pienses lo que no quieres, haciendo que tus sentidos se incorporen a tu cuerpo, te expriman todo el jugo de tu ser, te envuelvan en ese manto llamado piel y te despojen de todo aquello vivido, simplemente por ser como eres. Simplemente por querer ser. Simplemente porque ser o no ser, es parte de la incógnita.
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